Ponchos y sarapes, hitos de una identidad

Ponchos y sarapes, hitos de una identidad
Por Heydi Garcell*
La Habana  (PL) Como parte de la identidad latinoamericana, destacan por su colorido y belleza los ponchos y sarapes, prendas de vestir representativas de la cultura ancestral de los pueblos ubicados entre el sur del río Bravo y la Patagonia.
Existe un amplio consenso en su origen indígena, pues aún forman parte de la vestimenta habitual de algunos pueblos originarios de la región y pasaron a ser adoptados más tarde por los criollos.

En Bolivia, el poncho es usado por campesinos de origen quechua o aimará. Suele ser de variados colores, según la región o el rango de la persona que lo lleva.

En el estatal Museo de Etnografía y Folclore se conserva una valiosa colección de 250 ponchos tejidos por mujeres indígenas que durante 40 años coleccionó el profesor Oscar Barriga para 'salvar algo del patrimonio textil para que no sea saqueado'.

Con la ayuda de tejedoras y de los indígenas más viejos de las comunidades, Barriga escribió un libro donde habla de la riqueza cromática de los ponchos, los secretos de las técnicas empleadas por las tejedoras, sus símbolos, mensajes y usos.

El cronista Barriga relató al diario El Comercio que entre las mejores piezas que rescató en su afán de coleccionista estuvieron el poncho Balandrán que contiene figuras de aves y flores en estilo barroco criollo muy temprano y fue confeccionado a finales del siglo XVII, y también la elegante pieza Pankhochi que tiene dos mil 300 figuras, asociadas a la vida en el campo.

En Bolivia el poncho de lana de oveja, llama o vicuña está formado por una sola pieza o por dos paños unidos por medio de una costura central que deja una abertura para la cabeza, y llega hasta media pierna y tradicionalmente ha sido usado por los hombres en el área rural.

En Argentina y Chile esa prensa de vestir tiene características muy especiales pues es herencia de pueblos específicos, los de origen mapuche y los seguidores de las tradiciones incas.

Cada provincia argentina tiene un modelo particular de poncho como es por ejemplo el poncho salteño, teñido de un rojo muy vivo, con franjas negras junto a los bordes en señal de luto por la muerte del militar y político independentista Martín Miguel de Güemes (1785-1821).

Y es que esa indumentaria fue utilizada también en sus campañas militares por el uruguayo José Gervario Artigas (1764-1850) y el argentino José de San Martín (1778-1850 ), que la honraban tanto como al uniforme, por que establecía un nexo indisoluble entre los independentistas y el pueblo que lideraban en la lucha contra el colonialismo español.

En la provincia argentina de Catamarca, limítrofe con Chile, hay un lugar próximo a las ruinas incas de El Shincal, la ciudad de Belén, que es considerada Capital Nacional del Poncho.

Para distinguir al poncho de vicuña confeccionado con hilado doméstico fue establecida en Catamarca desde 1967 la Fiesta del Poncho que se ha venido realizando y actualmente se constituye como una vidriera al mundo del trabajo artesanal en todas sus variantes combinando la danza, el canto y la gastronomía regional y promoviendo el turismo.

Mientras tanto, en las provincias patagónicas argentinas y en el sur de Chile el poncho sigue la tradición del pueblo mapuche que le denomina makuñ y es utilizado únicamente por los hombres, pero elaborado por mujeres totalmente a mano en telares araucanos rústicos verticales llamados witral o huitral.

El poncho mapuche está cargado de símbolos artísticos con contenidos míticos y cosmológicos específicos que representan la identidad de una etnia poseedora de una poderosa red de relaciones sociales y simbólicas propias de una cultura ancestral.

Hay makuñ para cada evento social o ritual como un nguillatun (gran rogativa), un lepún (ceremonia religiosa), un machitún (invocación para lograr la cura de enfermedades) o un palin (juego o deporte parecido al hockey sobre yerba que deviene en encuentro espiritual, social y político).

Además de utilizarse en Argentina, Uruguay, Bolivia y Chile, hay ponchos en Colombia, en la Región Paisa, Boyacá y Cundinamarca; en Ecuador y en Perú, donde el campesino lo utiliza junto al chullo (gorro con orejeras tejido en lana) y es típico de personajes de algunas regiones, como el morochuco ayacuchano, el montonero arequipeño y el qorilazo sureño, y en Venezuela es indumentaria de los gochos auténticos de las andinas Mérida y Táchira.

Hasta en los estados brasileños de Paraná y Río Grande do Sul el poncho es utilizado por campesinos y grupos folclóricos de música y danzas gauchas.

Algunos países han incorporado esa prenda de ropa a la indumentaria militar, fabricándose de material ligero, abrigado e impermeable y con coloraciones diversas para enmascarar tropas y armamentos.

Durante el auge de la Nueva Canción Chilena, los grupos juveniles adoptaron el poncho, como ocurrió con los famosos conjuntos musicales Quilapayun e Inti Illimani.

En tanto, al norte, en México existe otro tipo de poncho o manta muy peculiar, el Sarape y se dice que 'desmenuzando sus hilos podemos encontrar las raíces del pueblo mexicano y tejiéndolos vislumbrar su presente'.

Mestizo, por naturaleza, nacido de padres mesoamericanos y españoles, el sarape es una fusión entre las tilmas (túnicas anudadas al hombro) usadas por los indígenas mesoamericanos y las capas andaluzas y valencianas traídas por los españoles en el siglo XVI.

Rectangular y gastado se usa envuelto alrededor del cuerpo y los jinetes lo utilizan como cojines, mantas, ropa de cama y hasta como silla de montar.

Uno de los más representativos son los creados en la ciudad de Saltillo, en el norteño estado mexicano de Coahuila, donde poco a poco algunas transformaciones le dieron un sello propio.

Ese Sarape de Saltillo es tejido con un hilo de lana de mayor calidad y finura, además de incluir el diamante que está al centro y el cual era una distinción importante para los españoles.

Como parte de esa evolución, además se colocaron alegorías o dibujos y las cenefas en color amarillo y rojo fueron dotadas de flores, como la rosa y el clavel, que representaban el amor y resaltaron más la belleza del sarape.

Con posterioridad se le empezó a integrar los difuminados en los tonos con los que se realizaba, que le permitía reflejar más los colores del cielo y la tierra, sus atardeceres, amaneceres y la vegetación del desierto.

Entre manos y telar

El golpe seco y acompasado de las palas de los telares retumba en el fondo de las viviendas, quebrando el silencio de los jardines donde un puñado de herederos de la tradición trabajan la lana de oveja, de llama, o de alpaca.

Así quedan transformadas las fibras en un cálido poncho, cuyo toque final será teñirlo con un tinte extraído de fibras naturales, frutas, verduras y otras hierbas.

En las provincias patagónicas de cultura mapuche, donde pervive la génesis de esa práctica, el arte de tejer en el witral es una gracia ancestral propia de las féminas.

Las tejedoras tradicionales aprendieron las técnicas mirando a sus mayores, ayudando en terminaciones o recolectando frutos para la tarea de teñir con elementos de la naturaleza.

En muchas comunidades el grupo familiar íntegro se involucra en la tarea. Un autor sureño describió que el telar es el lugar donde se hilvanan los anhelos, los secretos, las alegrías y las penas de las tejedoras. Un espacio de encuentro entre lo terrenal y lo divino, de diálogo con uno mismo y con las historias presentes y pasadas de los pueblos que son narradas mientras se confecciona la urdimbre.

Del telar a la pasarela

El poncho, en los años 60 y principios de los 70 del siglo XX tuvo presencia en el norte. Clint Eastwood se contorneaba a lomos de su caballo en los westerns spaghetti con esa prenda y Susan Dey lo popularizó entre las adolescentes estadounidenses, desesperadas por emular la relajada y sensual belleza de sus somnolientos ojos.

Esta invasión en la moda, era un síntoma, junto con los caftanes bordados, los bolsos étnicos y los cinturones de macramé, de una nueva fascinación por la artesanía y la ropa étnica.

Empleados originariamente por los pueblos andinos a modo de abrigo, el poncho desapareció en gran medida hasta el 2002, cuando diseñadores como Dolce & Gabbana los encumbraron en la pasarela.

Durante los últimos años, junto con los kimonos, la tendencia se ha extendido como la pólvora en el mundo de la moda, convirtiéndose en una auténtica obsesión.

Entre tanto el emblemático sarape se diversifica para trascender. La que había quedado como una artesanía decorativa, incursiona ahora en el mundo de la moda y se convierte en accesorio digno de lucirse.

Hoy en día, aparece integrado a diversas prendas como vestidos, playeras, camisas, calzado y bolsas y eso ha contribuido a darles una visión un tanto 'chic', aunque no se usen tal y como es el diseño original de esta prenda.

Los colores, las formas y texturas si son utilizadas y como todo lo que se desarrolla en la moda, es la inspiración principal de grandes diseñadores mexicanos y algunos extranjeros que no dejan pasar la oportunidad de resaltar la mexicanidad y hacer tendencia.

Por ello, Amanecer Cristal, multifacética artista tlaxcalteca, amplió en 2018 sus horizontes para pasar de la industria musical al sector empresarial, con el lanzamiento de su propia línea de ropa y sarapes, en el que involucró a artesanos y modelos de ese estado, para llegar a pasarelas en el extranjero.

De esta forma, da continuidad a su misión de promover a artistas mexicanos a través de su trabajo, por lo que consideró que este nuevo negocio dará valor agregado a la artesanía que se elabora en el país y que tiene tanta demanda en el extranjero. Por ello, además de crear fuentes de empleo para mujeres, jefas de familia, quienes se encargan de la elaboración de prendas en los talleres, promoverá la artesanía en eventos artísticos que formarán parte de su gira.

Además, llamó a las mujeres a quitarse el miedo al fracaso y emprender, confiar y empoderarse para seguir sus planes de crecimiento, de acuerdo a lo que les dicte su corazón.

*Periodista de la Redacción de Radio de Prensa Latina

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